martes, 31 de marzo de 2015

LA VUELTA DEL PERRO

*** Cuando la tarde comenzaba a dar sus primeros bostezos, los jóvenes solían aprestarse a un ritual dominical muy especial: el de caminar en círculos por la plaza principal de la ciudad de Paraná, llamada "Primero de Mayo". Era una hermosa costumbre, muy ordenada por cierto; las mujeres caminaban por el lado interior y los hombres en sentido contrario, orillando el cordón de la calle.
Luego de la misa o del cine vespertino, éste era el lugar de encuentro de estas almas ansiosas. Era algo parecido a la rotación de la tierra cuando gira sobre su propio eje. Sólo hay un instante, sólo un momento - aunque se llame día- en que el sol ilumina  el hemisferio, igual que el encuentro de estos seres que rotan en esta minúscula plaza terrestre, sólo anhelando una mirada o una sonrisa en estos breves instantes de luz.
*** En aquella época de mediados de los años cuarenta, yo era una señorita que acababa de cumplir dieciocho años. Soñaba con vivir una historia de amor al estilo de Romeo y Julieta, amor incondicional hasta la muerte.
*** Esa tarde fui a tomar el te con  tía Clotilde y mis dos primas. Luego el destino tan esperado durante toda la semana: Ir a la plaza a dar "la vuelta del perro"   -se decía metafóricamente asimilándolo a un can antes de echarse- . ¡ Ah...  cuánto lo esperaba! Era mi única oportunidad de exhibir mis mejores ropas.
*** Recuerdo muy  bien cuando lo vi por  primera vez, por una sencilla razón: quedé eclipsada. Aunque en esa época una mujer no podía expresar abiertamente sus sentimientos, no era correcto.
*** Él era alto, llevaba con exquisito garbo un traje gris oscuro cruzado, jazmines en el ojal, estirada camisa blanca de cuello duro, puño doble y sombrero. Sus ojos parecían vaciar el océano; un rebelde mechón dorado le caía sobre el rostro. Caminaba con dos jóvenes más y cuando se sonreía mis piernas temblaban al punto de buscar apoyo en mis dos primas que me acompañaban.
***  En la primera vuelta, sólo me miró, indiferente. Yo bajé la vista. Nunca se debía mirar fijo a un desconocido, no era de damas aunque mis sentimientos iban en carril contrario. Mi impulso natural habría sido lanzar mi cartera descuidadamente para que él caballerescamente la recogiera y entabláramos una conversación decente. No me atreví.
*** En la segunda vuelta su mirada comenzó a hablarme secretamente. Me decía que era un joven solitario, sensible y que sólo quería conocer el amor de su vida. A esa altura, ya no escuchaba lo que me hablaban mis primas, sólo él estaba en mi mente. Mi alma era una vorágine. ¿ Tendría prometida? Seguro, con esa figura... ¿ Y si no? Tal vez fue verdad lo que me susurraron sus ojos. ¿ Cómo saberlo? Pero si él no tomaba la iniciativa, no estaba bien que yo lo hiciera. ¡ Ah, qué duro mandato tenemos las mujeres! Sólo esperar que lo deseado se convierta en realidad; jamás participamos en su concreción.
*** En la tercera vuelta ya no lo vi. Bueno, es lógico, todo terminó, me apresuré a conjeturar. De pronto se acercó un adolescente con una carta para mi. Dudé unos instantes. ¿ Tal vez podría ser una broma de mal gusto? Finalmente me decidí y la tomé. Mis primas querían saber  quién me la enviaba y qué decía. No se los dije. La guardé........ CONTINUARÁ.



Autor: Daniel Rodriguez Fabro ( abogado del Nuevo Banco de Entre Ríos desde hace veinte años. Ejerció la docencia universitaria durante más de una década. Es un novel escritor. Ha publicado en la Obra Colectiva “Desnudos sobre el papel-Cuentos” Editoral Dunken (2014). En la Revista “Orillas”, Sección Letras, de El Diario. También en la página Web “Rincón de Escritores Hispanoamericanos” (www.larmancialtda.com), en donde ha dado a luz una veintena de cuentos breves. El motivo de escribir este relato, nos dice el autor, es narrar y condensar “una” de las tantas historias que se tejieron alrededor de esta romántica costumbre paranaense. )